MARÍA
(Jorge Isaacs)
Yo tenía
siete años cuando mi padre regresó de un viaje, acompañado de una niña pequeña,
hija del mejor de sus amigos: aquella niña era María. Al poco tiempo se quedó
huérfana, y ya vivió siempre con nosotros, como una hija más de mis padres,
como una hermana mía.
Seis años
estuve yo cursando estudios en Bogotá, y a mi regreso supe que los ojos grandes
de María me habían enamorado, y que ella también sentía por mí un amor que sólo
podría robarme la muerte. Éramos felices juntos, nuestras almas se fundían al
mirarnos, a veces se rozaban nuestras manos y la voz se nos hacía lenta y
profunda. Yo salía de caza con frecuencia y una tarde, al regresar, noté alarma
en el rostro de los criados. Mi hermana Emma me contó en seguida que María
había sufrido un ataque y que continuaba desvanecida. Al acercarme a su lecho,
mi padre fijó en mí una de sus intensas miradas y mi madre no levantó la vista
siquiera, porque adivinaba mi amor y me compadecía. María estaba como dormida y
su rostro se cubría con una palidez mortal; el ligero sudor de su frente
revelaba la intensidad de su sufrimiento. Mi padre le tomó el pulso y dijo:
-
Ya
ha pasado… ¡Padre niña! Es el mismo mal que acabó con su madre.
No pude
contenerme; tomé entre las mías una de
sus yertas manos y la bañe con mis lágrimas. Era el mismo mal de su madre, y su
madre, y su madre había muerto muy joven, atacada de una epilepsia incurable.
Esta idea se apoderó de todo mi ser para quebrantarlo. Sentí algún
movimiento en esa mano yerta a la que mi
aliento no podía volver el calor. Sus
labios parecían esforzarse en pronunciar alguna palabra. Movió la cabeza de un
lado a otro, cual si tratara de deshacerse de un peso abrumador, y pasado un
momento abrió lentamente lo ojos, como heridos por una luz intensa y, medio
incorporándose, dijo:
-
¿Qué
es? ¿Qué me ha sucedido?
Y luego, dirigiéndose a mi agregó
-¡Ya ves! Yo lo temía
Por la noche volvió a repetirse el ataque. Mi padre me
dijo que saliera a buscar al médico. Monté inmediatamente a caballo y corrí por
el bosque, en medio de una tempestad que había enfurecido las aguas del río. No
me arrastraron de verdadero milagro; en aquellos momentos de angustia, creí ver
una extraña ave negra que me aterró con su graznido. Pasaron varios días y
María se restablecía lentamente. Una noche, después de la cena, mis padres me
llamaron a su cuarto. Me recordaron que dentro de dos meses salía para Europa a
continuar mis estudios de Medicina y que esperaban mucho de mí. Mi padre
añadió:
-Tu amor por María puede ser fatal para ella en esto
momentos. El doctor asegura que morirá joven, del mismo mal terrible que su
madre, y que las fuertes emociones harían más graves sus ataques. En estas
circunstancias, tú mismo puedes juzgar y responder a mi pregunta: ¿Te casarías
hoy con María?
Le respondí que sí, que lo arrostraría todo. Cuando quedé
solo, pensé con desesperación: “Mía o muerta. Un paso más para acercarme a ella
quizá sería matarla”
Comentario:
*La novela
María se trata del amor imposible, porque María se hallaba con una enfermedad y
su única cura era el de estar con el joven, este era casi imposible porque al estar
ella muriéndose, él partió a Europa. Y cuando iba a regresar a verla, María ya
se encontraba en el cielo. En este texto, el autor Jorge Isaccs muestra un
lenguaje claro y con una temática cotidiana ya que son momentos que pasan en la
vida día a día. El mensaje de esta obra es que si tienes a tu lado algo que
quieres mucho, no pierdes el tiempo y ve con él.
Relacionando
está obra con la vida, se muestra que amores en esta época se centra más en lo
realista, a lo normal, quiere decir que ahora las personas ya no se enamoran, o
no les importa sufrir, como narra la obra.
Frases:
*“Mía o muerta. Un poco más para acercarme a
ella quizá sería matarla”
*“Yo no quiero morirme; yo no puedo morirme y
dejarte solo para siempre”
Warma
Kuyay (Amor de Niño)
Pobre palomita, por donde has venido,
buscando la arena, por Dios, por los suelos.
-¡Justina! ¡Ay, Justina!
En
un terso lago canta la gaviota, memorias me deja de gratos recuerdos.
-¡Justinay, te pareces a las
torcazas de Sauciyok’!
-¡Déjame, niño, anda donde tus señoritas!
-¿Y el kutu? ¡Al Kutu le quieres, su cara de sapo te gusta!
-¡Déjame, niño Ernesto! Feo, pero soy buen laceador de vaquellas y hago
temblar a los novillos de cada zurriago. Por eso Justina me quiere.
La
cholita se rió, mirando al Kutu; sus ojos chispeantes como dos luceros.
-¡Ay Justinacha!
-¡Zonzo, niño zonzo! –habló Gregoria, la cocinera.
Caledonia, Pedrucha, Manuela, Anitacha… soltaron la risa, gritaron a
carcajadas.
-¡Niño zonzo!
Se
agarraron de las manos y empezaron a bailar en ronda, con la musiquita de Julio
el charanguero. Se volteaban a ratos, para mirarme, y reían. Yo me quedé fuera
del círculo, avergonzado, vencido para siempre.
Me
fui hacia el molino viejo; el blanqueo de la pared parecía moverse, como las
nubes que correteaban en las laderas de “Chawala”. Los eucaliptos de la huerta sonaban con ruido largo e intenso: sus sombras se
tendían hasta el otro lado del río. Llegué al pie del molino, subí a la pared
más alta y miré desde allí la cabeza del “Chawala”: el cerro, medio negro,
recto, amenazaba caerse sobre los alfalfares de la hacienda. Daba miedo por las noches; los indios nunca lo miraban a
esas horas y en las noches claras
conversaban siempre dando la espalda al cerro.
-¡Si te cayeras de pecho, tayta “Chawala”, nos moriríamos todos!
Al
medio del Witron Justina empezó otro
canto:
Flor de mayo, flor de mayo, flor de mayo,
primavera, por qué no te libertaste
de esa tu falsa prisionera.
Los cholos se habían parado en círculo y Justina cantaba al medio. En el
patio inmenso, inmóviles sobre el empedrado, los indios se veían como estacas
de tender cueros.
-Ese puntito negro que está al medio de Justina, y yo la quiero, mi
corazón tiembla cuando ella se ríe, llora cuando sus ojos miran al Kutu. ¿Por
qué, pues, me muero por ese puntito negro?
Los indios volvieron a zapatear en ronda. El charanguero daba vueltas
alrededor del círculo, dando ánimo, gritando como porto enamorado. Una
paca-paca empezó a silbar desde un sauce que cabeceaba a la orilla del río; la
voz del pájaro maldecido daba miedo. El charanguero corrió hasta el cerco del
patio y lanzó pedradas al sauce; todos los cholos le siguieron. Al poco rato el
pájaro voló y fue a posarse sobre los duraznales de la huerta; los cholos iban
a perseguirle, pero don Froylán apareció en la puerta del Witron.
-¿Largo! ¡A dormir!
Los cholos se fueron en tropa hacia la tranca del corral; el Kutu se
quedó solo en el patio.
-¡A ese le quiere!
Los indios de don Froylán se perdieron en la puerta del caserío de la
hacienda y don Froylán entró al patio tras de ellos.
-¡Niño Ernesto! –llamó el Kutu.
Me
bajé al suelo de un salto y corrí hacia él.
-Vamos, niño.
Subimos al callejón por el lavadero de metal que iba desmoronándose en
un ángulo del Witrón; sobre el lavadero había un tubo inmenso de fierro y
varias ruedas, enmohecidas, que fueron de las minas del padre de don Froylán.
Kutu no habó nada hasta llegar a la casa de arriba.
La
hacienda era de don Froylán y de mi tío; y el resto de la gente fueron al
escarbe de papas y dormían en la chacra, a dos leguas de la hacienda.
Subimos las gradas, sin mirarnos siquiera, entramos al corredor, y
tendimos allí nuestras camas para dormir alumbrados por la luna. El Kutu se echó callado; estaba
triste y molesto. Yo me senté al lado del cholo.
-¡Kutu! ¿Te ha despachado Justina?
-¡Don Froylán le ha abusado, niño Ernesto!
-¡Mentira, Kutu, mentira!
-¡Ayer no más le ha forzado; en la toma de agua, cuando fue a bañarse
con los niños!
-¡Mentira, Kutullay, mentira!
Me
abracé al cuello del cholo. Sentí miedo; mi corazón parecía rajarse, me
golpeaba. Empecé a llorar, como si hubiera estado solo, abandonado en esa
quebrada oscura.
-¡Déjate, niño! Yo, pues, soy
“endio”, no puedo con el patrón. Otra vez, cuando seas “abogau”, vas a fregar a
don Froylán.
Me levantó como a un becerro tierno y me echó
sobre mi catre.
-¡Duérmete, niño! Ahora le voy a hablar a
Justina para que te quiera. Te vas a dormir otro día con ella ¿quieres, niño?
¿Acaso? Justina tiene corazón para ti, pero eres muchacho todavía; tienes miedo
porque eres niño.
Me arrodillé sobre la cama, miré al “Chawala”
que parecía terrible y fúnebre en el silencio de la noche.
-¡Kutu, cuando sea grande voy a matar a don
Froylán!
-¡Eso sí, niño Ernesto! ¡Eso sí, mak’tasu!
La voz gruesa del cholo sonó en el corredor
como maullido del león que entraba hasta
el caserío en busca de chanchos. Kutu se paró; estaba alegre, como si hubiera
tumbado al puma ladrón.
-Mañana llega el patrón. Mejor esta noche
vemos a Justina. El patrón seguro te hace dormir en su cuarto. Que se entre la
luna para ir.
Su alegría me dio rabia.
-¿Y por qué no matas a don Froylán? Mátale
con tu honda, Kutu desde el frente del río, como si fuera puma ladrón.
-¡Sus hijitos, niño! ¡Son nueve! Pero cuando seas abogau ya
estarán grandes.
-¡Mentira, Kutu, mentira! ¡Tienes miedo como
mujer!
-No sabes nada niño. ¿Acaso no he visto?
Tienes pena de los becerritos, pero a los hombres no los quieres.
-¡Don Froylán! ¡Es malo! ¡Los que tienen
hacienda son malos hacen llorar a los indios como tú; se llevan las vaquitas de los otros, o las matan de hambre
en su corral! ¡Kutu, don Froylán es peor que toro bravo! ¡Mátale, no más,
Kutucha, aunque sea con galga, en el barranco de Capitana.
-¡Endio no puedes niño! ¡Endio no puede!
¡Era cobarde! Tumbaba a los padrillos
cerriles, hacía temblar a los potros, rajaba a látigos el lomo de los aradores,
hondeaba desde lejos a las vaquillas de los potros cholos cuando encontraba a
los potreros de mi tío, pero era cobarde. ¡Indio perdido!
Lo miré de cerca; su nariz aplastada, sus
ojos casi oblicuos, sus labios delgados, ennegrecidos por la coca. ¡A este le
quiere! Y ella era bonita, su cara rosada siempre estaba limpia, sus ojos
negros quemaban, no era como las otras cholas, sus pestañas eran largas, su
boca llamaba al amor y no me dejaba dormir. A los catorce años yo la quería;
sus pechitos parecían limones grandes, y me desesperaban. Pero ella era de
Kutu, desde tiempo; de este cholo con cara de sapo. Pensaba en eso y mi pena se
parecía mucho a la muerte. ¿Y ahora? Don Froylán la había forzado.
-¡Mentira, Kutu! ¡Ella misma, seguro ella
misma!
Un chorro de lágrimas saltó de mis ojos. Otra
vez el corazón me sacudía, como si tuviera más fuerza que todo mi cuerpo.
-¡Kutu! Mejor la mataremos los dos a ella
¿quieres?
El indio se asustó. Me agarró la frente;
estaba húmeda de sudor.
-¡Verdad! Así quieren los mistis.
-Llévame donde Justina, Kutu! Eres mujer, no
sirves para ella. ¡Déjala!
-¡Cómo no,
niño, para ti voy a dejar, para ti solito. Mira en Weyrala se está
apagando la luna.
Los cerros ennegrecieron rápidamente, las
estrellitas saltaron de todas partes del cielo; el viento silbaba en la
oscuridad, golpeándose sobre los duraznales y eucaliptos de la huerta; más
abajo, en el fondo de la quebrada, el río grande cantaba con voz áspera.
Yo despreciaba al Kutu; sus ojos amarillos,
chiquitos, cobardes, me hacían temblar de rabia.
-¡Indio, muérete mejor. O lárgate a Nazca! ¡Allí te acabará la terciana,
te enterrarán como a perro!
Pero el novillero se agachaba no más, humilde, y se iba al Witron, a los
alfalfares, a la huerta de los becerros, y se vengaba en el cuerpo de los
animales de don Froylán, al principio yo lo acompañaba. En las noches
entrábamos, ocultándonos, al corral; escogíamos los becerros más finos, los más
delicados; Kutu se escupía las manos, empuñaba duro el zurriago, y rajaba el
lomo a los torillitos. Uno, dos, tres…cien zurriagazos; las crías se retorcían
en el suelo, se tumbaban de espaldas, lloraban, y el indio seguía encorvado,
feroz. Y yo me sentaba en un rincón y gozaba. Yo gozaba.
-¡De don Froylán es, no importa! ¡Es de mi enemigo!
Hablaba en voz alta para engañarme, para tapar el dolor que encogía mis
labios e inundaba mi corazón.
Pero ya en la cama, a solas, una pena negra, invencible, se apoderaba de
mi alma, y lloraba dos, tres horas. Hasta que una noche mi corazón se hizo
grande, se hinchó. El llorar no bastaba; me vencían la desesperación y el
arrepentimiento. Salté de la cama, descalzo, corrí hasta la puerta; despacito
abrí el cerrojo y pasé al corredor. La luna ya había salido; su luz blanca
bañaba la quebrada; los árboles rectos, silenciosos, estiraban sus brazos al
cielo. De dos saltos bajé al corredor y atravesé corriendo el callejón
empedrado, salté la pared del corral y llegué junto a los becerritos. Ahí
estaba “Zarinacha”, la víctima de esa noche, echadita sobre la bosta seca con
el hocico en el suelo ; parecía desmayada; me abracé a su cuello; la besé mil
veces en su boca con olor a leche fresca, en sus ojos negros y grandes.
-¡Ninacha, perdóname! ¡Perdóname, mamaya!
Junté mis manos y, de rodillas, me humillé
ante ella.
-Ese perdido ha sido, hermanita, yo no. ¡Ese
Kutu, canalla, indio perro!
La sal de las lágrimas siguió amargándome
largo rato.
Zarinacha me miraba seria, con su mirada humilde,
dulce.
-¡Yo te quiero, ninacha; yo te quiero! Y una
ternura sin igual, pura, dulce, como la luz en esa quebrada madre, alumbró mi
vida.
A la mañana siguiente encontré al indio en el
alfalfar de Capitana. El cielo estaba limpio y alegre, los campos verdes llenos
de frescura. El Kutu ya se iba, tempranito a buscar “daños” (9) en los potreros
de mi tío, para ensañarme contra ellos.
-Kutu vete de aquí . En Visecas ya no sirves.
Los comuneros se ríen porque eres maula.
Sus ojos opacos me miraron con cierto miedo.
-¡Asesino también eres, Kutu! ¡Un becerrito
es como una criatura. ¡Ya en Viseca no sirves, indio!
-¿Yo no más, acaso? Tú también. Pero mírale
al tayta Chawala: diez días más atrás me voy a ir.
Resentido, penoso como nunca, se largó a
galope en el bayo de mi tío.
Dos semanas después, Kutu pidió licencia y se
fue. Mi tía lloró por él, como si hubiera perdido un hijo. Kutu tenía sangre de
mujer; le temblaba a don Froylán, casi a todos los hombres les temía. Le
quitaron su mujer y se fue a ocultar después en los pueblos del interior,
mezclándose con las comunidades de Sondando; Chacrilla … ¡Eres cobarde!
Yo sólo me quedé junto a don Froylán , pero
cerca de Justina, de mi Justinacha ingrata. Yo no fui desgraciado. A la orilla
de ese río espumoso, oyendo el canto de las torcazas y de las tuyas , yo vivía sin esperanzas;
pero ella estaba bajo el mismo cielo que yo, en esa misma quebrada que fue mi
nido; contemplando sus ojos negros oyendo su risa, mirándola desde lejitos, era
casi feliz, porque mi amor por Justina fue un “Warma kuyay” y yo creía tener
derecho todavía sobre ella; sabía que tendría que ser de otro, de un hombre
grande, que manejara ya zurriago, que echara ajos roncos y peleara a látigos en
los carnavales.
Y como amaba a los animales, las fiestas
indias, las cosechas, las siembras con
música y jarawi, vivía alegre en esa quebrada verde y llena de calor
amoroso del sol. Hasta que un día me arrancaron de mi querencia para traerme a
este bullicio, donde gentes que no quiero, que no comprendo.
El Kutu en un extremo y yo en otro. Él quizá
habrá olvidado: está en su elemento, en un pueblecito tranquilo, aunque maula,
será el mejor amansador de potrancas, y le respetarán los comuneros. Mientras
yo, aquí vivo amargado y pálido, como un animal de los llanos fríos, llevado a
la orilla del mar, sobre los arenales candentes y extraños.
Comentario:
*Aquí Arguedas cuenta una
historia de un niño(Ernesto) ilucionado con una chica mayor que él. Pero esa
chica (Justina) ya tenía un amor y ese era el kutu, esté sabía que Ernesto
estaba enamorado de Justina y quería que luche por ella, al final Ernesto
decide alejarse de ella.
Lo que enseña este cuenta, es que
los amores a esta edad pueden no ser infinitos, por eso no debemos ilusionarnos
mucho porque cuando los amores se van, sufrimos.
Arguedas tiene un lenguaje formal
y cotidiano, porque se relaciona con la vida.
Frases:
“¡Yo te quiero, ninacha; yo te quiero!”
“pero ella estaba bajo el mismo cielo que yo,
en esa misma quebrada que fue mi nido; contemplando sus ojos negros oyendo su
risa, mirándola desde lejitos, era casi feliz, porque mi amor por Justina fue
un “Warma kuyay”
Aves sin nido(Clorinda Matto)
Una mañana, cuando recién se levantaba el sol
de su tenebroso lecho, se presentó en casa de Lucia, esposa de don Fernando
Marín, una mujer de unos treinta años llamada Marcela. Era la mujer de Juan
Yupanqui. Un indio labrador que se hallaba sumido en la desesperación, pues,
aquel día vendría a su casa el cobrador, que era oí mismo que hacía el reparto.
Marcela explicó detalladamente a Lucia cómo se abusaba impunemente del indio de
aquella zona: los comerciantes potentados, gentes de las más acomodadas del
lugar, daban un adelanto a los indios que criaban alpacas para luego de un
tiempo cobrarles el adelanto en lana, poniéndole ellos mismos un precio ínfimo
al quintal, con lo cual dejaban así pobre indio cu la miseria. El indio que no
quería recibir los ignominiosos adelantos, era forzado a hacerlo, aun cuando
muchos de ellos emigraban de sus chozas en las épocas de reparto, creyendo que
así se libraban de recibir aquel dinero adelantado. El cobrador, que era el
mismo que hacia el reparto. Allanaba la choza, cuya cerradura endeble no
ofrecía la más mínima resistencia y dejaba sobre el batán el dinero, y se
marchaba en seguida para volver al año siguiente con su séquito de diez o doce
mestizos y cargar con toda la lana que encontraba. Si algún indio se atrevía a
esconder la lana o a protestar, era sometido a torturas que lo convertían en un
ser sumiso a los pocos minutos. Después de escuchara Marcela, la mujer de don
Fernando le prometió que hablaría con el cura y con el gobernador quienes
también eran partícipes de estos abusos aunque de manera más eufemística.
Establecida desde un año atrás con su esposo, en Killac. Habitaba Lucia, la
llamada "Casablanca", donde se había implantado una oficina para
administrar la explotación de plata que hacía la compañía de la cual don
Fernando Marín era gerente y accionista principal. Lucia se entrevistó con el
cura Pascual a quien pidió condonara la deuda que Juan Yupanqui tenía con la
iglesia, a raíz de la muerte de su madre, doña Natividad. Cuando ésta murió, el
cura les embargó la cosecha de papasen pago por el entierro y los rezos y. no
satisfecho con eso hacia trabajar en la iglesia desde hacía mucho tiempo a
Marcela la cual ya ni tenía tiempo para atender a sus hijas. El cura y el
gobernador concluyeron la entrevista coincidiendo en "que la costumbre es
ley. y que nadie nos sacará de nuestras costumbres. Don Sebastián, el
gobernador, no tuvo recato alguno en ocultar las represalias que habría de
tomar contra aquel indio que se había atrevido aquejarse y más aún a buscar
intercesor. Lucíase quedó pensando en aquel hombre que insultaba al sacerdocio
católico y en aquel otro, el gobernador, fundido en el molde estrecho del
avaro. Juan se mostró escéptico cuando Marcela le contó su conversación con
doña Lucía: "Pobre (lo del desierto. Marluca dijo el indio moviendo la
cabeza y tomando a la chiquilla Rosalía que iba a abrazar sus rodillas tu
corazón, es como los frutos de la penca; se arranca uno. Brota otro sin
necesidad de cultivo. ¡Yo soy más viejo que tú y yo he llorado sin esperanzas
(...) Anda pues Marcela anda, porque hoy de todos modos vendrá el cobrador, yo
lo he soñado, y no nos queda otro recurso contestó el indio en cuyo ánimo
parecía haberse operado una transición notable, bajo el influjo de las palabras
de su mujer y la superstición avivada por su sueño".
Cuando el cura y el gobernador salieron"
de casa de la señora de Marín, se dirigieron a la oficina del gobernador.
Durante el camino ambos coincidieron en la necesidad imperiosa de botarlos del
pueblo por pretender defender a los indios y querer poner reglas, modificando
costumbres que les permitían vivir plácidamente a costa del trabajo y las
pertenencias de la indiada. Llegados a la Casa de Gobierno encontraron allí
reunidos a varios vecinos notables quienes comentaban la intromisión de los
esposos Marín, pues, la noticia ya se sabia en lodo el pueblo.
Allí, mientras discutían, fueron destapándose
botellas de aguardiente que don Sebastián Pancorbo hizo traer, y que Estéfano
Seniles, un muchacho de veintidós años que por su buena letra había entrado a
formar parte de aquella mafia, se encargaba de vaciar en las copas. El cura, ya
en estado de ebriedad, denunció ante los concurrentes las pretensiones de doña
Lucía de abogar por unos indios "taimados, tramposos, que no quieren pagar
lo que deben: y para esto ha empleado palabras que, francamente, como dice Don
Sebastián, entendidas por los indios destruyen de hecho nuestras costumbres de
reparto, mitas, pongos y demás...".
Todos vivaron al cura y al gobernador y
aquella misma tarde se pactó en la sala de la autoridad civil, en presencia de
la autoridad eclesiástica, el odio que iba a envolver a don Fernando y a su
mujer. Marcela tenia una bella hija de catorce años y otra de cuatro; la
primera se llamaba Margarita y la mas pequeña Rosalía, Cierto día Juan Yupanqui
apareció en casa de los Marín para denunciar que su hija menor había sido
llevada en prenda por la deuda que tenía. Temerosos de que como de costumbre la
vendiesen a los mañosos y se la llevasen a Arequipa don Femando en compañía de
Juan, fueron con la noticia del gobernador donde encontraron a la niña. Don
Femando hubo de firmar un documento que garantizara el pago de la deuda porque
de lo contrarío la muchacha seguiría consignada. Mientras tanto Marcela y
Margarita fueron a casa del párroco llevando los cuarenta soles de plata que
les había dado doña Lucía para que cancelen al cura Pascual la deuda contraída
por el entierro de doña Natividad, la que había motivado los continuos embargos
a la cosecha de papas que la familia Yupanqui lograba con tanto sacrificio. El
lujurioso y abominable cura puso sus ojos en Margarita a quien desde ya quiso
disponer al servicio de la iglesia. Extrañado del dinero que Marcela ponía ante
sus ojos, el cura interrogó a la mujer de dónde provenían aquellas monedas:
Marcela, que había prometido a la esposa de don Fernando no dar a conocer su
nombre, hubo de hacerlo al fin ante las constantes insinuaciones que le lanzaba
el cura sobre el hecho de que algún amante bondadoso se lo había entregado a
cambio de sus favores. Doña Lucía se enfadó mucho al enterarse del atrevimiento
del cura Pascual, pero el hecho de que sería la madrina de la bella Margarita
la puso de buen humor.
Don Pascual quedó preocupado por la
intervención de doña Lucía, así que de inmediato convocó a una reunión con sus
demás compinches. Después de beber algunas botellas de licor con escorzonera y
anís, los facinerosos llegaron a la conclusión que lo único que quedaba por
hacer era darle muerte a aquella pareja de entrometidos. Todo se planificó
maquiavélicamente: el campanero estaría listo para tocar a rebato, como señal
de que la iglesia estaba siendo asaltada; inmediatamente se correría la voz
entre la gente que los delincuentes estaban refugiados en casa de los Marín y.
con ese pretexto, algunos sicarios confundidos entre la masa enardecida, darían
muerte a los esposos. Minutos antes del cobarde ataque, los Marín habían ido a
visitar a Petronila Hinojosa serrana de la provincia con un corazón bondadoso,
esposa del gobernador Sebastián Pancorbo. Allí conocieron a Manuel, hijo de
doña Petronila quien después de ocho años de ausencia había vuelto a Killac
convertido en todo un hombre y cursando el segundo año de derecho.
El plan de dar muerte a los Marín falló, pero
la casa que habitaban quedó semi destruida a causa de la lluvia de balas y
piedras que, la turba enardecida lanzó contra Clara. Juan Yupanqui que junto
con su mujer había acudido a defender la casa de quienes consideraban sus
protectores, recibió una bala en el pulmón que lo dejó tendido frente a la casa
de los Marín; su mujer, herida, fue conducida a casa de Lucia. Manuel se
ofreció a realizar las investigaciones pertinentes al atentado y grande fue su
sorpresa cuando estas lo condujeron a tres personajes muy conocidos en Killac:
don Sebastián, el cura Pascual y Estéfano Benítez. Manuel habló con su madre y
la puso al tanto de la situación; ésta le aconsejó que hablara con don
Sebastián. El muchacho se sentía un poco corto de hablar con el gobernador
sobre un tema tan delicado, pues, don Sebastián no era en realidad su padre.
Con entereza Manuel trató el tema y propuso a
don Sebastián que renunciara a su cargo para así poder buscar una solución que
lo pusiera a salvo antes que la justicia reclamara a los delincuentes:
"-Pero tendría usted que hacerlo antes que lo destituyan, y yo se lo pido,
se lo aconsejo; usted ha sido Nevado por la corriente, el principal autores el
cura, yo me entenderé con él y usted firma su renuncia, don Sebastián. Desde
niño le he dado el nombre de padre, todos me creen su hijo, y usted no puede
dudar de mi interés, ni despreciar mis consejos: todo lo hago por amor a mi
madre, por gratitud a usted, dijo Manuel agotando su arsenal persuasivo y
secando su frente, por donde corría el sudor de la discusión en que tuvo que
mencionar nuevamente su paternidad desconocida para la sociedad".
Don Sebastián, conmovido ante tales palabras,
accedió de buena gana. Con don Pascual el muchacho no tuvo la misma suerte,
pues éste se mostró lo más pedante y grosero. Marcela después de agonizar
durante dos días, muere dejando a sus hijas al cuidado de los Marín: antes de
morir dijo algo al oído de Lucia quien sólo atinó a lanzar una promesa. Ante el
cadáver de la pobre india, el cura Pascua! da muestras de sincero
arrepentimiento. Todos quienes lo vieron caer de hinojos frente al cuerpo que
vacía inerte pensaron que se había vuelto loco; a los pocos días una fiebre
tifoidea lo postró en cama. El Juez de Paz, don Hilarión Verdejo, hombre ya
entrado en años, viudo de tres mujeres, era el encargado del juicio que seguía
don Fernando Marín contra sus atacantes. Estéfano Benítez, que hacia de
escribano en el caso, tenía ya un plan preconcebido para librarse de cualquier
implicancia que pudiera hacerse contra él. Una de sus primeras maquinaciones
consistió en instruir a Verdejo para que decretara el embargo del ganado del
campanero de Kíllac, Isidro Champi, hasta ahora único comprometido en el
atentado. Isidro ignoraba, en el momento del atentado, el por qué tenía que
locar a rebato; él sólo se limitó a obedecer la orden que le dieron. La
situación de Manuel era de lo más complicada, pues el nombre de don Sebastián
estaba unido a un juicio en que don Fernando Marín estaba en el banquillo de
los acusadores y por otro lado, él se había enamorado de Margarita, y ésta
estaba bajo la protección del señor Marín. Dejando de lado "el que dirán
de la gente", el muchacho visitó a los Marín justificando su notoria
ausencia debido a los asuntos judiciales que se habían suscitado. El cura
Pascual salvó milagrosamente del ataque de tifoidea que lo tuvo siete días
postrado en el lecho y que lo obligó a dejar por algunos días el uso de! licor
y la "amistad" de las mujeres, que como doña Melitona, le ayudaban a
combatir el frío bajo las sábanas. Como huyendo del teatro del crimen, don
Pascual se dirigió al convento de una ciudad vecina, donde morirá a las pocas
horas de llegar. En tanto a Killac llega la nueva autoridad nombrada por el
Supremo Gobierno para regir la provincia: un hombre de cincuentaiocho años
llamado Bruno de Paredes. Antiguo camarada de don Sebastián, logra convencer a éste
para que retire su renuncia y prosiga como gobernador.
Embriagados de licor y ambición, ambos
malandrines se reúnen con Benítez y planifican la mejor manera de sacarle
provecho al cargo. Manuel y don Fernando se entrevistan y discuten la situación
en que se encuentra Kíllac teniendo como autoridad máxima a un sinvergüenza de
gran trayectoria como Paredes. De regreso a su casa Manuel se topa con un
espectáculo nauseabundo: Don Sebastián, totalmente embriagado, insultaba a doña
Petronila a quien trataba de agredir; la oportuna intervención» del muchacho
evitó el agravio. Una de las primeras disposiciones de Paredes fue encarcelar a
Isidro Champi, orden que Benítez en persona, se apresuró a llevar a cabo.
Después de meditarlo mucho, don Fernando decide marcharse a Lima llevándose a
su mujer y a las hijas de Marcela con él. Su mujer espera un hijo y considera
que Kíllac no es el sitio más adecuado para el nacimiento del niño. Manuel,
herido por las escenas humillantes que habían ocurrido en su casa, planea llevar
consigo a doña Petronila a Lima para ya no regresar.
Piensa continuar sus estudios de derecho y no
quiere arriesgarse a dejar a su madre en manos de don Sebastián. Teodora, la
hija de Gaspar Sierra, un humilde campesino que se había visto obligado a dar
hospedaje al coronel Bruno de Paredes, es pretendida por el lujurioso
funcionario; de allí que la muchacha tiene que huir refugiándose en casa de
doña Petronila, provocando la ira del viejo coronel. Mientras tanto, el ganado
de Isidro Champi es embargado por Benítez y su compinche Escobedo. Ante tanto
abuso, don Fernando y Manuel intervienen en favor del pobre recluso: antes de
partir, los Marín darán un banquete de despedida. "Creo que éstos le han
encarcelado sólo para que aparezca un culpable y sincerarse ellos. Una vez que
nos vayamos desaparece todo motivo para continuar ese juicio, y la libertad de
Isidro será cosa resuelta", le dice don Fernando a Manuel quien se muestra
de acuerdo. Tal como Fernando Marín lo había planeado, los concurrentes, nobles
del lugar casi todos, aceptan de buena gana liberar al pobre indio. Cuando
entre despedidas todos los presentes abandonaban la casa, ésta fue rodeada
rápidamente por una partida de hombres armados, al mando de un teniente de
caballería llamado José López quien ordenó el encarcelamiento de don Sebastián.
Benítez, Escobedo e Hilarión Verdejo. Los detenidos pensaron que aquella
invitación era tan solo una trampa para capturarlos a todos juntos. Don
Fernando sabía para sí que aquello no era cierto y mientras aquel grupo iba
camino a la cárcel, él y los suyos lo hacían rumbo a Lima.
Ninguno de los que viajaban en el ferrocarril
rumbo a la capital imaginó que a cuatro horas de camino, un hato de vacas sería
la causa de que la máquina se descarrilara y fuera a encallar en las arenas
húmedas de la ribera de un río: para dicha de todos no hubo víctimas y los
escasos heridos fueron trasladados con los otros al pueblo más cercano.
Mientras tanto en Killac, Manuel había logrado que don Sebastián saliera bajo
fianza y que Isidro Champi recuperara su libertad. Como una de las condiciones
de la libertad del ex gobernador era que no abandonara el pueblo, doña
Petronila decidió quedarse para acompañar al hombre que había sido su compañero
desde hacía veinte años. Manuel arregló todos sus asuntos pendientes y salió al
encuentro de los Marín y de su amada.
Los encontró hospedados en el Hotel
Imperial", donde después de informar a don Fernando lo sucedido en Kíllac,
el muchacho pidió la mano de la bella Margarita. Manuel le contó a don Fernando
que él no era hijo de don Sebastián uno de los causantes de la muerte de Juan
Yupanqui, por lo cual no había un impedimento moral que impidiera su noviazgo.
La felicidad de aquella declaración se desvaneció en un instante cuando Manuel dijo
que su padre había sido el obispo don Pedro Miranda y Claro, antiguo cura de
Kíllac. Don Fernando, armándose de valor, hubo de confesar a ambos muchachos,
el secreto que Marcela al morir había dado a doña Lucía: Margarita no era hija
de Juan Yupanqui sino del obispo Miranda y Claro, por lo tanto los jóvenes
enamorados resultaban siendo hermanos.
Así culmina la novela que Clorinda Matto
dedicara a don Manuel Gonzáles Prada y cuya continuación pareciera existir en
su última novela "La Herencia", novela cuya acción es protagonizada
por los principales personajes de ésta; pero realmente destinada a integrar el
cuadro social del país, en cuanto sugiere el contraste o la complementación
entre las costumbres del campo y la ciudad, entre las intrigas de la aldea
andina y las ambiciones de la urbe costeña.
Comentario:
*Clorinda
Matto toma la literatura como instrumento de denuncia, acusando a los
inmorales, que teniendo hijos no les dan sus apellidos. Así ésta se convierte
en “ la primera novela peruana que muestra al indio en su verdad”: Huérfano y
pobre víctima de las autoridades civiles y eclesiáticas, y de la explotación a
la que es sometido por el blanco.
La obra
presenta también un sentido “ antimadristas” ya que la escritora muestra que
todos los personajes femeninos son buenos, y por el contrario, los masculinos
son malos.
El tema de esta novela es el amor entre
hermanos y la condición del indio.
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